Es algo misterioso la belleza, especialmente la del rostro, que es el fenómeno más inutilitario del mundo. No sirve para nada. Todavía la belleza del cuerpo es o puede ser, aunque no siempre, indicio de salud, fortaleza, aptitud para la reproducción. Una cara bonita no tiene más utilidad ni más capacidad funcional que una fea o neutra, si esta es normal y no deforme. Finalmente, la significación sexual del rostro es mínima; apenas es erógeno; en cambio, es lo más erótico. No se entiende bien por qué nos interesa, emociona, apasiona tanto algo que literalmente no sirve para nada.
Casi siempre se ha entendido la belleza desde el punto de vista de las formas. Esto es hasta cierto punto verdad de la belleza corporal, y el arte, sobre todo la escultura, ha respaldado esa interpretación; pero es muy discutible que pueda aplicarse a la belleza de la cara. Hay una norma, cuya vigencia es mucho más fuerte para el cuerpo que para la cara, variable según los países o las épocas; pero cuando se trata de la cara, se encuentra que es sumamente vacilante e imprecisa.
En todo caso, y aun en la medida en que pueda aceptarse, este criterio vale para una forma —secundaria en mi opinión— de la belleza, la que hace tiempo llamé «de fuera a dentro». Esta belleza consistente en cierta disposición formal nos complace ciertamente, la contemplamos, la admiramos. Está sujeta a alteración —por lo menos, a la del envejecimiento—; y si la forma se altera, la belleza se deteriora o incluso se desvanece. Pero hay algo aún más importante, y es que esta belleza, una vez contemplada, concluye: está vista, queda perfecta en el sentido latino de esta palabra.
Hay, sin embargo, otra forma de belleza —que no es incompatible con la primera, y normalmente la incluye—. Es la belleza que se puede llamar de dentro a fuera. No consiste tanto en una forma como en algo que, por decirlo así, la sostiene internamente; es una singular fuerza interior, una tensión que se derrama por las facciones y las hace vivir. Por cierto, esa tensión, que afecta primariamente al rostro, se extiende al cuerpo desde él y le proporciona una capacidad de incitación y atracción que va más allá de lo morfológico, que no le viene de lo que tiene de organismo, sino de que es el cuerpo de ese rostro.
Esta forma de belleza, por lo general más duradera, relativamente independiente del deterioro externo, más ligada a la expresión que a lo estrictamente plástico, revela en el rostro una intimidad personal que solamente es accesible en él o en la palabra. Esa tensión o fuerza interior de que antes hablaba vivifica el rostro y le confiere una belleza que corresponde a la realidad personal, proyectiva, descubriendo quién es, mostrando en forma visible un proyecto de vida en esa dimensión de la feminidad, realizado individualmente, ligado a la corporeidad.
A esta belleza de carácter biográfico, programático, se puede asistir; no es meramente contemplada. La visión es el punto de partida hacia adentro, que permite entrever, tal vez descifrar o hacer transparente, la intimidad de la mujer contemplada; y al mismo tiempo, por ese carácter argumental, esa belleza se despliega en una trayectoria a la cual se asocia —virtual o realmente— el que la mira.
Por eso me parece el modelo más claro y evidente de lo que es ilusión. Más que el atractivo sexual, dominado por la presencia y el presente, esta belleza despierta la expectativa, la anticipación, el sentido de la empresa. Se presenta como algo que hay que «seguir», explorar, articular con las múltiples dimensiones de una vida concreta. No tiene término, se extiende ante el contemplador como un camino abierto, que llama, que encierra, en forma visual, un carácter de vocación.
En esa belleza se revela, como un estímulo de esa disyunción polar en que la condición sexuada consiste, lo promisor de esa referencia al otro sexo, pero no genéricamente, de manera abstracta o intercambiable, tampoco de manera simplificada y elemental, como en el apetito sexual, sino en la complejidad de la persona; pero tampoco prescindiendo de su corporeidad, sino en su integridad, en su condición de alguien corporal, justamente aquello en que consiste la persona humana, única de que tenemos intuición.
En esa belleza abierta e interminable, que nace de una intimidad inaccesible y secreta y se manifiesta en una corporeidad expresiva con la cual se puede convivir, se encuentra el ejemplo más claro y vivo de lo que llamamos ilusión.
miércoles, 11 de abril de 2007
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