miércoles, 11 de abril de 2007

Belleza e ilusión. Por Julián Marías

Es algo misterioso la belleza, especialmente la del rostro, que es el fenómeno más inutilitario del mundo. No sirve para nada. Todavía la belleza del cuerpo es o puede ser, aunque no siempre, indicio de salud, fortaleza, aptitud para la reproducción. Una cara bonita no tiene más utilidad ni más capacidad funcional que una fea o neutra, si esta es normal y no deforme. Finalmente, la significación sexual del rostro es mínima; apenas es erógeno; en cambio, es lo más erótico. No se entiende bien por qué nos interesa, emociona, apasiona tanto algo que literalmente no sirve para nada.
Casi siempre se ha entendido la belleza desde el punto de vista de las formas. Esto es hasta cierto punto verdad de la belleza corporal, y el arte, sobre todo la escultura, ha respaldado esa interpretación; pero es muy discutible que pueda aplicarse a la belleza de la cara. Hay una norma, cuya vigencia es mucho más fuerte para el cuerpo que para la cara, variable según los países o las épocas; pero cuando se trata de la cara, se encuentra que es sumamente vacilante e imprecisa.
En todo caso, y aun en la medida en que pueda aceptarse, este criterio vale para una forma —secundaria en mi opinión— de la belleza, la que hace tiempo llamé «de fuera a dentro». Esta belleza consistente en cierta disposición formal nos complace ciertamente, la contemplamos, la admiramos. Está sujeta a alteración —por lo menos, a la del envejecimiento—; y si la forma se altera, la belleza se deteriora o incluso se desvanece. Pero hay algo aún más importante, y es que esta belleza, una vez contemplada, concluye: está vista, queda perfecta en el sentido latino de esta palabra.
Hay, sin embargo, otra forma de belleza —que no es incompatible con la primera, y normalmente la incluye—. Es la belleza que se puede llamar de dentro a fuera. No consiste tanto en una forma como en algo que, por decirlo así, la sostiene internamente; es una singular fuerza interior, una tensión que se derrama por las facciones y las hace vivir. Por cierto, esa tensión, que afecta primariamente al rostro, se extiende al cuerpo desde él y le proporciona una capacidad de incitación y atracción que va más allá de lo morfológico, que no le viene de lo que tiene de organismo, sino de que es el cuerpo de ese rostro.
Esta forma de belleza, por lo general más duradera, relativamente independiente del deterioro externo, más ligada a la expresión que a lo estrictamente plástico, revela en el rostro una intimidad personal que solamente es accesible en él o en la palabra. Esa tensión o fuerza interior de que antes hablaba vivifica el rostro y le confiere una belleza que corresponde a la realidad personal, proyectiva, descubriendo quién es, mostrando en forma visible un proyecto de vida en esa dimensión de la feminidad, realizado individualmente, ligado a la corporeidad.
A esta belleza de carácter biográfico, programático, se puede asistir; no es meramente contemplada. La visión es el punto de partida hacia adentro, que permite entrever, tal vez descifrar o hacer transparente, la intimidad de la mujer contemplada; y al mismo tiempo, por ese carácter argumental, esa belleza se despliega en una trayectoria a la cual se asocia —virtual o realmente— el que la mira.
Por eso me parece el modelo más claro y evidente de lo que es ilusión. Más que el atractivo sexual, dominado por la presencia y el presente, esta belleza despierta la expectativa, la anticipación, el sentido de la empresa. Se presenta como algo que hay que «seguir», explorar, articular con las múltiples dimensiones de una vida concreta. No tiene término, se extiende ante el contemplador como un camino abierto, que llama, que encierra, en forma visual, un carácter de vocación.
En esa belleza se revela, como un estímulo de esa disyunción polar en que la condición sexuada consiste, lo promisor de esa referencia al otro sexo, pero no genéricamente, de manera abstracta o intercambiable, tampoco de manera simplificada y elemental, como en el apetito sexual, sino en la complejidad de la persona; pero tampoco prescindiendo de su corporeidad, sino en su integridad, en su condición de alguien corporal, justamente aquello en que consiste la persona humana, única de que tenemos intuición.
En esa belleza abierta e interminable, que nace de una intimidad inaccesible y secreta y se manifiesta en una corporeidad expresiva con la cual se puede convivir, se encuentra el ejemplo más claro y vivo de lo que llamamos ilusión.

jueves, 5 de abril de 2007

La ilusión como instalación. Por Julián Marías

La exploración de la vida anímica ha distinguido tradicionalmente entre emociones y pasiones. No me interesa el contenido de unas y otras, ni el tipo de realidad que se les ha atribuido. Lo que vale la pena recoger es que, mientras se ha entendido que las emociones son pasajeras, fugaces agitaciones del ánimo, las pasiones son duraderas y permanecen. El que está colérico o triste, probablemente dejará de estarlo al cabo de un rato, y casi con seguridad cuando lo invada el sueño. El ambicioso o el enamorado lo están día tras día, y cuando se despiertan siguen dominados por esa pasión. Es decir, estas «cruzan» a través de innumerables actos psíquicos, sin que ellos interrumpan su continuidad y permanencia.
Esta consideración puede trasladarse al estudio de la ilusión. En la vida se dan innumerables ilusiones a corto plazo, que encienden la expectativa y llegan pronto a su desenlace o cumplimiento. Tengo ilusión por una carta, por un viaje, por un espectáculo que me propongo ver, por un libro que voy a leer, por la llegada de una persona a quien espero. Pero todo ello son formas de algo más abarcador: el estar ilusionado, la actitud en que cada ilusión es posible.
Cada vez me parece más evidente que la realidad humana, si no se la reduce a lo biológico, ni siquiera a lo psíquico, si se la entiende como tal vida personal, necesita para su intelección la pareja de conceptos de que hice constante uso en la Antropología metafísica: los inseparables instalación y vector. El primero, por cierto, está también ligado a una peculiaridad de la lengua española, de excepcional importancia para el pensamiento: el verbo estar, que en la mayoría de las lenguas está fundido -y confundido- con el verbo ser. La instalación nos muestra la estructura biográfica del estar. La instalación tiene cierta estabilidad y permanencia; es unitaria, pero no simple, sino pluridimensional; desde ella me proyecto vectorialmente, en diversos sentidos y con diferente intensidad. En rigor, tendríamos que hablar de instalación vectorial, ya que ambos términos tienen una referencia mutua intrínseca.
Las formas de instalación no son estáticas, sino formas de acontecer, por tanto, dramáticas. La instalación es el álveo o cauce por el que transcurre o fluye la vida. Por él se mueven esas magnitudes orientadas, proyectivas, que son los vectores. Por eso la vida humana tiene sesgo -concepto curiosamente olvidado, al que di su importancia justa en Nuestra Andalucía-; se dice: «las cosas han tomado un sesgo», pero ello es posible porque el sesgo o inclinación pertenece a la estructura vectorial de la vida.
Si aplicamos ahora estos conceptos a nuestro tema, encontramos que, más allá de las ilusiones singulares y más o menos fugaces, hay una forma radical: la ilusión como instalación, como temple vital posible, en diferentes modos y grados, que hace la función de cauce previo a cada una de las ilusiones, que aparecerían así como vectores proyectados en situaciones concretas y orientados hacia objetos o términos de muy varia índole.
En este sentido, la ilusión puede ser una forma de vida, el vivir ilusionado, como algo subyacente a todos los actos, relativamente independiente de ellos, con cierta estabilidad y permanencia; y todavía más: a prueba de desilusiones, capaz de cruzarlas sin que se destruya esa instalación.
Vistas así las cosas resulta más claro lo que vimos al final del capítulo I: que la desilusión supone la ilusión, se mueve en su elemento, es secundaria respecto a ella. Dentro de la instalación ilusionada caben por igual las ilusiones cumplidas y las desilusiones. La vida ilusionada se proyecta vectorialmente en muchas direcciones, con intensidades variables, con resultados inciertos y azarosos. En todo caso, está definida por esa pretensión.
Pero todo ello es meramente posible. Una de las primeras preguntas que habría que hacer, tanto el sociólogo como el historiador o el biógrafo, sería por el estado de la ilusión en una sociedad, una época o una persona singular. Pero ¿cómo hacer esa pregunta, si falta hasta la palabra? Y en el caso del español, en que esa voz existe y está viva, parece que nadie se ha preguntado por ella ni ha intentado averiguar un poco en serio qué significa.
Esto quiere decir que la cuestión, por asombroso que parezca, está intacta. Y que cualquier conocimiento serio de la vida humana, individual o colectiva, tiene que enfrentarse con ella. Las ciencias humanas, si quieren merecer este nombre, tendrán que elaborar los métodos adecuados para preguntarse rigurosamente por la ilusión como forma de la vida, por sus contenidos, su proyección y sus posibles desenlaces.